La vida es muy corta para vivirla con miedo

En un pueblito lejos, muy lejos de mi lindo hogar. México 2023

La vida se volvió mucho más interesante cuando dejé de prestar tanta atención a lo que el mundo decía que era importante y me tomé el tiempo de decidirlo por mi cuenta. No fue un momento revelador ni una epifanía cinematográfica. Fue más bien un proceso lento, incómodo y constante.

Decir “la vida es demasiado corta para vivir con miedo” es fácil. Funciona bien en libros, en redes sociales y en conversaciones donde nadie quiere profundizar demasiado. Vivir de verdad sin miedo es otra cosa. El miedo no siempre grita ni se presenta como pánico; muchas veces actúa en silencio. A mí me robó momentos que pudieron ser memorables, me convenció de quedarme donde ya no pasaba nada y me ayudó a justificar una rutina que no me llevaba a ningún lado.

La vida, cuando la observas con atención, es movimiento. Cambio constante. Nada permanece quieto demasiado tiempo, salvo uno mismo cuando decide no avanzar.

Hubo momentos en los que el miedo logró paralizarme. Y el problema con quedarse quieto es que no pasa nada nuevo. No creces, no aprendes, no te equivocas. Es una forma bastante elegante de estar vivo por fuera y ausente por dentro.

Todos decimos querer vivir sin miedo, disfrutar el presente y exprimir cada día. Pero las palabras pesan poco si no están respaldadas por decisiones. Lo que realmente importa se nota en lo cotidiano: en cómo usas tu tiempo, en las personas con las que te rodeas, en cuántas veces te atreves a decir “no” aunque incomode. Ahí es donde se ve qué tan en serio te tomas tu propia vida.

Me distraje con muchas cosas. Demasiadas. Algunas urgentes, otras simplemente ruidosas. Por eso vale la pena detenerse —aunque incomode— y preguntarse cuáles son esas pocas cosas que de verdad importan. Las que resuenan contigo. Las que, aunque den miedo, te hacen sentir vivo. Cuando las encuentres, no las trates con ligereza. Abrázalas con firmeza. No aparecen tan seguido.

La vida no se trata de estar ocupado todo el tiempo ni de llenarse de estímulos para no pensar. Se trata de estar presente. De disfrutar lo simple. De aprender a reconocer qué te gusta, qué no, y por qué. De habitar el momento en lugar de solo atravesarlo.

En la foto de este post hay dos puertas. Podría ponerme metafórico y decir que una representa mi pasado y la otra mi futuro. Pero la verdad es más simple: es un recuerdo de un día en el que me la pasé bien porque decidí estar ahí. Presente. Sin huir. Sin anticipar. Sin miedo.

¿Podré mantenerme así mañana?
¿Seguiré eligiendo lo que importa cuando vuelva la duda?
¿Tendré el valor de avanzar incluso cuando no tenga todas las respuestas?

Esa es la única pregunta que vale la pena hacerse.

Deja un comentario